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Miércoles 15 de Septiembre de 2021

El mito de la creación ( GiralaYampey)


¿Cuándo devino el mundo? ¿En qué forma se originó? ¿Cómo fue el comienzo y cómo será el final ?... El pensamiento guaraní ha enfrentado estos enigmas y pudo entretejer respuestas de acuerdo a sus vivencias y a su propio entorno.
          El Dios guaraní Ñanderúguazú (Nuestro Gran Padre) comienza por su autogeneración o autoencarnación y llega desde las tinieblas primigenias (el Caos) iluminado con su propio resplandor: su sabiduría. Ahuyentó a los mbopíkuera (los murciélagos) que desde la oscuridad devoran la luz, son los enemigos de toda Claridad. Ñanderúguasútenondé (El Gran Padre Primero) llega acompañado del urukure’a (la lechuza). El viaje sideral lo realiza en su apyka’íapú’a (pequeño asiento redondo o bote celestial), y al llegar al lugar donde decidió instalar la tierra, de un árbol creó su propio cuerpo: de las raíces, las divinas plantas de los pies; de las ramas florecidas, brazos, dedos y uñas; creó ojos para verlo todo y oídos para escucharlo todo. Luego, creó la Palabra, dándole Alma, para fundamento del lenguaje de sus hijos, hechos a su imagen y semejanza. Creó fragmentos del Himno Sagrado para que sus descendientes tengan fervor y sigan la buena senda. Creó el Amor al prójimo, para ennoblecer vidas y elevar sentimientos…
       Después, trajo cinco columnas indestructibles de palmera pindóhovy (azul), y las colocó una en cada punto cardinal, y la quinta, en el Centro, en el yvy – purú’á (ombligo de la tierra) desde donde el suelo comenzó a henchirse. Cuando él lo decida, sacará esos maderos y la morada terrenal se hundirá irremediablemente. Creó bosques, ríos y llanuras; también, los animales: el primero que cantó fue el yrypá (la cigarra); después, el ju’i (la rana), el tukú (saltamontes), la perdiz y su silbidos (ynambú), el tatú… El mboi ensució la tierra; todos los demás celebraron la creación de campos y esteros.
       El Dios luce la coronilla de flores y plumas sobre su cabeza: el jeguaká. Se lo presenta de pie por una connotación religiosa: quienes pronuncian las Hermosas Palabras (Cantos Sagrados) le ruegan mantenerse siempre de pie, igual que ellos, erguidos, elevados, para alcanzar el estado de santidad…
       El Gran Padre no pudo sustraerse a la aflicción de la soledad y creó cuatro semidioses con sus respectivas esposas. Les otorgó poderes divinos y les asignó funciones específicas.
      Es un Dios – Amor; cada uno debe desarrollar y acrecentar en sí mismo la llama de ese Amor para ennoblecer los sentimientos. El fluido divino hace que en nuestros corazones germine la belleza, la solidaridad, la armonía… para que podamos lograr Aguyje (Santidad). La Luz que ilumina el pecho de Nuestro Padre es una Esencia que irradia Sabiduría y Poder en lucha contra las fuerzas del oscurantismo, la maldad y los desastres naturales.
      Nuestro Gran Padre vive en el Yvága (Eden), cuya entrada cuida la lechuza. Porta el Yasuká o Vara Insignia, bastón mágico del que fluye la divina fecundación, una neblinita vivificadora. Él es afable, paternal y justo; no es un Dios vengativo.
      Las divinidades que creó se llaman Ñanderúkuerapy’á guazú (nuestros padres de corazón grande). No nacieron de úterospor lo que no tienen ombligos. Secundan al Padre en el manejo del Cosmos: Karaí, dueño del fuego, rige el calor y la intensidad del amor; Jakaíra, dueño de la primavera, rige los frutos, las palabras inspiradas; Tupá tiene a su cargo el mar, ríos, lluvias, truenos y relámpagos. Ñandesy es Nuestra Madre. Dios creó a la Mujer con una porción de arcilla dentro de una vasija. 
 
 


Fuente: Lic. Mirta Sandoval
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